Atreverse a hacer silencio con María

Artículo de Françoise Camsat, Responsable nacional de Francia, publicado en el Folleto mensual de oración de los Equipos del Rosario Nº424 - Octubre 2017


¿Habéis notado que el "divisor", casualmente, se aferra a nuestros tímpanos en cualquier momento del día? El santo Cura de Ars conocía bien el problema, sabía que la "garra" utilizaba todo tipo de trucos para poner la mano sobre su corazón a fin de impedirle, no sólo escuchar a sus parroquianos, sino también la voz del Señor.

Para algunos de nosotros el primer gesto de la mañana consiste en enchufar la televisión mientras otros siguen fieles a su radio. Cada vez se hace más usual salir a la calle con los auriculares del móvil (celular) en las orejas. Cada generación escucha su música preferida en el Smartphone y algunos no dudan en poner a tope el sonido. Así vivimos cada vez más inmersos en un ruido de fondo permanente que corre peligro, si no ponemos remedio, de aislarnos y volvernos ciegos y sordos en un futuro próximo.

Nuestro Movimiento de los Equipos del Rosario tiene un magnífico desafío que revelar para servir a la Palabra de Dios aquí y ahora.

Atreverse a hacer silencio bien sentados en nuestro pequeño taburete de tres patas junto a María

Cada día, cada miembro de los Equipos tiene confiada la meditación de un misterio. Sería bueno prepararnos en silencio para descender dentro de nosotros mismos y acceder entonces al Santo de los Santos: “tu Padre está presente en lo secreto” (Mt. 6,6).

Así entramos en la oración de Jesús y participamos en la salvación del mundo. Su pasión empieza, en efecto, con un tiempo de oración en el Huerto de los Olivos yéndose aparte y diciendo a sus discípulos: “Quedaos aquí, mientras me voy a rezar”(Mt. 26, 36). Oración grave y solemne: “Mientras rezaba el aspecto de su rostro cambió” (Lc. 22, 41). Oración profunda: “entrado en agonía, rezaba de forma más intensa” Lc. 22, 44). Esta oración le hace entrar en oración con su Padre. A lo largo del día el Señor nos espera en nuestro “interior” para rezar con él y prepararnos para esta comunión. María, la silenciosa, se pone continuamente a nuestro lado. Vigila nuestra meditación cotidiana. Pide con nosotros, y para cada uno de nosotros, la fidelidad a la oración y a la gracia del silencio.

Cada mes, cuando abrimos nuestro folleto “El Rosario en Equipo”, se nos proponen momentos de silencio. En la “reflexión sobre el misterio” se deja un momento de silencio para la relectura de la Palabra de Dios. No dejemos pasar estos momentos importantes de la oración pues, si vamos demasiado deprisa, pensando que ya nos sabemos de memoria el texto, es como si le cortásemos la palabra al Señor que nos quiere decir algo en particular en ese mismo instante. Quien acoge en su casa debe cuidar esto con atención. Si hemos invitado al Señor, si nos hemos reunido en su Nombre, es para que pueda hablar a cada uno según sus necesidades. Por tanto, dejémosle el tiempo necesario para que se haga escuchar y abramos el oído en el silencio.

Del mismo modo es importante hacer momentos de silencio para escucharse, compartir e intercambiar entre nosotros. Si sabemos hacer silencio para el Señor sabremos también dar a este silencio una cualidad de verdadera escucha. El Señor nos habla a través de cada miembro de nuestro Equipo, nos ilumina y nos guía en nuestra misión de hijos de Dios en el mundo.

Nuestro comportamiento interior se revela también en el exterior.

Ahí empieza el testimonio que damos del Padre invisible. Es lo que María obtiene para nosotros cuando meditamos con ella. Nos acurrucamos contra ella junto al Verbo Encarnado y el Espíritu Santo nos acompaña con sus gemidos inefables. En el silencio el Padre nos revela su paternidad y os invita a vivir como hijos e hijas de Dios. Su misericordia nos llama a acercarnos a nuestros hermanos para conocerles, amarles y servirles. ¡Sean quienes sean!

En los Equipos, y cada día con María, hagamos desaparecer los ruidos ensordecedores que encubren los latidos de nuestro corazón. Podremos vivir en un corazón a corazón con Dios.

“Habla, Señor, tu siervo escucha”.

¿Quién mejor que la Madre de nuestro Señor puede enseñarnos el silencio habitado por Dios?

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